Los nuevos asistentes de IA impresionan por su capacidad para automatizar tareas diarias, pero también reabren una pregunta más incómoda: si la tecnología sigue aumentando la productividad, ¿por qué no mejora de forma proporcional la vida de la mayoría? Una columna reciente plantea que el problema no es lo que la IA ya puede hacer, sino la promesa social que aún no cumple.